2490 DC - El Espejismo de Trappist - Parte II
La mañana en la ciudad era de un gris plomizo, de esas que pesan en los párpados y parecen ralentizar el tiempo. Lucía entró en la cafetería con el paso automático de quien lleva el cansancio cosido a los huesos. Sobre la barra, un televisor encendido emitía un reportaje sobre la moda de los Therians; jóvenes con máscaras de animales saltando en parques, reclamando una identidad no humana ante la mirada desconcertada de los tertulianos. Lucía ni siquiera levantó la vista. Pidió su café de siempre y se quedó absorta, mirando el vapor que subía de la máquina. Había despertado con el corazón galopando contra las costillas, víctima de un sueño tan vívido que, al abrir los ojos, le había dejado una angustia sorda y la sensación física de haber estado en un lugar inmenso, frío y terriblemente antiguo. Sentía que su cuerpo todavía arrastraba una gravedad imposible, como si caminara a través de un lodo espeso que intentara asimilarla.
Mientras esperaba, su mirada vagó por el local buscando un ancla en la realidad cotidiana, hasta que lo vio. Al fondo de la cafetería, en la mesa más apartada, había un joven de su misma edad concentrado en su portátil. Al verle, el cerebro de Lucía sufrió un cortocircuito sensorial. Como si una frecuencia externa hubiera sintonizado con sus neuronas, el sueño regresó en una ráfaga violenta de imágenes: un bosque de árboles plateados, un lago de aguas negras y una cueva que exhalaba un aroma a ozono y sal. Sin venir a cuento, un nombre brotó en su mente como un susurro gritado: Selin. Y tras el nombre, una frase cargada de un pavor que no le pertenecía: “¡Dios mío! .. ¡Qué es esto!”.
El joven del portátil, como si hubiera sentido un impacto físico, levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Lucía y, por un instante eterno, el tiempo en la cafetería se detuvo. Él la observó absorto, con una expresión de reconocimiento tan profunda que resultaba aterradora; la mirada de alguien que ha encontrado a una persona amada en un campo de batalla mil años después de haberla perdido. En ese choque de miradas, Lucía comprendió la arquitectura de su angustia: el Espacio-Cubo Cuántico acababa de rotar sobre su eje. Sus sueños no eran fantasías, sino vivencias de sus propias proyecciones en otras posibilidades y tiempos que ocurrían simultáneamente en las distintas caras del cubo.
En una superposición de realidades, Lucía vio al joven cerrar el portátil con manos temblorosas y huir del local, pero al mismo tiempo vio a Selin Kaor en el año 2490. Lo vio aterrizar de forma abrupta con la nave Exelar en un paisaje bucólico que resultó ser un espejismo. Lo vio refugiarse de una tormenta eléctrica en una cueva que descendía por las entrañas de un mundo lejano, hasta desembocar en un acantilado sobre un océano rugiente. Vio a Selin llegar a una playa de ceniza y caminar hacia las ruinas de una ciudadela abandonada miles de años atrás, donde un artefacto de piedra negra latía con una luz ámbar.
Cuando Selin alzó la mano en esa playa lejana para tocar la luz, Lucía sintió el frío de la piedra en sus propios dedos en la cafetería. El joven que huía por la acera no era un extraño, sino el "Eco" presente de aquel explorador; ambos eran polos de una misma corriente eléctrica. Al tocar el artefacto, Selin activó la descarga de datos. La resonancia del mensaje primigenio.
Lucía se llevó las manos a los auriculares. La música comenzó a sonar, una melodía profunda y envolvente que contenía el susurro de una IA moribunda y el eco de aquel acantilado. Al cerrar los ojos, las paredes de la cafetería se volvieron translúcidas. Pudo ver, a través del hormigón, los cimientos de la ciudadela que aún no existía, y sobre el asfalto de la calle, la arena gris de la playa final. No estaba recordando; estaba ocurriendo en todas las caras del cubo a la vez. El joven se detuvo un segundo en la calle y miró hacia atrás con una aceptación trágica. Sabía que su huida era inútil, porque en otra cara de la realidad, ya se había quedado allí para siempre, activando la frecuencia que los vinculaba. El círculo se había cerrado: la música era el artefacto, y el sueño, la única verdad. Él también estaba escuchando la misma melodía cuando ella entró en la cafetería.
Se disolvió entre la corriente de personas que cruzaban la avenida.
Nunca más volvieron a verse, en esta realidad.
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