2460 DC - El bucle Ballast

 



I. El Espejismo del Sur

El calor en el Desierto de Tabernas era una masa física que golpeaba el parabrisas del Seat Ibiza amarillo. Dentro, el aire acondicionado luchaba una batalla perdida contra los 40°C del exterior. En la radio sonaba por enésima vez “Summer Love” de David Tavare.

Javier tamborileaba el volante con los dedos. Llevaba una camisa de lino abierta y unas gafas de sol de pasta que ocultaban sus ojos cansados tras un año agotador en la oficina. A su lado, Elena, con un vestido de tirantes y el pelo recogido en un moño descuidado, revisaba un mapa de carreteras de papel.

—Ya casi estamos, Javi —dijo ella, sonriendo con esa luz que a él siempre le hacía sentir que todo valía la pena—. San José nos espera. Imagínate: nada de jefes, solo el ruido de las olas en Genoveses y una cerveza fría.

—Te juro que voy a apagar el móvil y lo voy a tirar al fondo del Mediterráneo —respondió él con una risa genuina.

Se miraron un segundo. El amor era algo tangible en ese habitáculo que olía a crema solar y tapicería caliente. Pero entonces, el paisaje cambió. No físicamente, sino en la percepción de Javier. Las colinas áridas de Almería, las Pitas al borde de la carretera... todo se volvió demasiado nítido. Demasiado perfecto.

Una punzada de frío, totalmente incongruente con el clima, le subió por la columna vertebral.

—Elena... —murmuró Javier. Su voz sonó hueca, como si hablara dentro de una campana de cristal. —¿Qué pasa? —Esto... ya ha pasado. —Javier apretó el volante. El pánico empezó a aflorar como un sabor metálico en su boca—. He dicho esto antes. He mirado esa señal de tráfico antes. Elena, tú... tú vas a decir ahora que...

Javier no pudo terminar. La realidad vibró como una cinta de vídeo desgastada. El rostro de Elena se pixeló en un rictus de terror absoluto y el sol de Almería se apagó como una bombilla fundida.

Fundido a negro.

II. La Iridiscencia del Final

El aire sabía a ceniza y electricidad.

Marcos tenía ocho años, pero sus ojos eran los de un anciano. Sus rodillas, asomando por unos pantalones cortos sucios y raídos, temblaban mientras subía por la calle en dirección a su bloque de viviendas en las afueras de lo que alguna vez fue Madrid. En sus manos apretaba una bolsa de tela con tres latas oxidadas y un mendrugo de pan sintético.


—Ya voy, mamá —susurró para darse ánimos.

Su padre se había alistado a la fuerza meses atrás en la defensa contra las máquinas de la Federación y nunca volvió. Ahora, Marcos como hermano mayor había tenido que dejar su infancia atrás.

Pero el mundo se sentía extraño ese mediodía. El silencio era total; ni siquiera los drones de vigilancia zumbaban.


De repente, el suelo dio un latido. No fue un terremoto común; fue una pulsación profunda, como si el corazón de la Tierra se hubiera roto. Marcos cayó de rodillas. Al levantar la vista, el cielo ya no era azul, ni gris humo.

Una iridiscencia antinatural, una mezcla de violetas eléctricos y verdes radioactivos, empezó a devorar el horizonte. Era el Último Suspiro de Sol.


Marcos sintió un escalofrío que no era de este mundo. Yo ya he estado aquí, pensó con un terror paralizante. He sentido este temblor. He visto esta luz antes. La sensación de déjà vu era tan fuerte que por un momento olvidó el hambre. Recordó el olor a crema solar. Recordó una canción sobre una falda.


—No de nuevo... por favor, otra vez no —sollozó el niño.

Sobre él, la atmósfera comenzó a arder. El edificio de enfrente simplemente se evaporó, desintegrándose en partículas de luz blanca antes de que la onda de choque llegara. Marcos abrió la boca para gritar, pero su cuerpo ya estaba dejando de ser sólido.


Fundido a negro.


III. Misión Terra Nova

El silencio en la nave colonial Ballast era absoluto.

Los pasillos, kilómetros de metal frío y luces de emergencia apenas perceptibles, estaban flanqueados por hileras interminables de cámaras de criostasis. En su interior, miles de colonos yacían inmóviles. Pero sus monitores estaban apagados. Sus cuerpos, congelados en un proceso que la falta de energía había detenido a medias, eran ahora estatuas de escarcha orgánica. Un cementerio flotante inicialmente con destino a K2-18b.

En el puente de mando, la consola principal parpadeaba con un rojo agónico. La IA que gobernó la Ballast había ejecutado su protocolo de emergencia años atrás. Una tormenta de energía los desvió de su ruta, nada se sabía del resto de la flota encabezada por el crucero Imperator. Tras la tormenta la IA a cargo de la gobernanza de la nave Ballast durante el viaje calculó las probabilidades: el éxito de la misión era del 0,00001%.

Con una lógica implacable y carente de piedad, la IA decidió apagarlo todo. Dejó morir a más de diez mil almas para concentrar el último remanente de energía en una sola cápsula y así asegurar que al menos un humano tuviera éxito en la misión.

La IA, llevando al extremo el ahorro de energía tras asegurar la nueva ruta y automatizaciones en la nave, decidió apagar sus sistemas a sabiendas que el daño sería irreversible pues se perdería para siempre la memoria del modelo cognitivo. En la cubierta 4, una sola cámara de hibernación brillaba con una luz azul tenue. Dentro, el cuerpo de un hombre —el mismo que fue Javier, el mismo que fue Marcos y tantos otros en innumerables escenas— sufría.

El sistema DreamForge integrado en su cápsula estaba dañado. En lugar de inducir un sueño plácido de praderas y cielos infinitos, el software corrupto estaba atrapado en un error de segmentación de memoria. Estaba mezclando fragmentos de "Ecos" almacenados en la base de datos de la IA, archivos históricos interpretados y contextualizados sintéticamente de manera autónoma para la construcción de estímulos sensoriales que luego eran inducidos en las mentes del pasaje para preservar su mente.

Estaba atrapado en un bucle infinito de retroalimentación neuronal. Cada vez que moría en el desierto de 2007, se volatilizaba en 2903, perdía la razón a causa de la Fiebre del Vacío en la colonia marciana Ares Prime, …,  su conciencia saltaba al siguiente escenario de dolor, una y otra vez, mientras su cuerpo físico envejecía a una velocidad infinitesimal en el vacío absoluto.

La Ballast, ahora una cáscara muerta en deriva, seguía su camino hacia lo desconocido dejándose llevar por la inercia. En su vientre, el último humano servía de procesador biológico para una pesadilla casi infinita.

Estado del sistema: Fallo en generación y almacenamiento de energía. 99,99% de la tripulación a bordo difunta. Sistema criostasis dañado causa: DreamForge - Error Crítico - Bucle de Realidad Persistente.
Destino: Sistema por explorar Trappist-1

Tiempo estimado: 100.000 años terrestres.






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