2911 DC - La Fiebre del Vacío
La colonia Ares Prime, una cicatriz metálica sobre el mundo rojizo de Marte, era un refugio, o eso creíamos. Establecida como la primera avanzadilla de la humanidad representaba la esperanza de un nuevo comienzo más allá de la Tierra. No fue hasta el año, el 2416 DC, cuando se inició la terraformación parcial de Marte centrada en las zonas más propensas del planeta para crear biomas habitables limitados. Con una población que apenas superaba los veinte mil habitantes, Ares Prime era una comunidad unida.
El lamento de nuestro planeta natal, el 9 de mayo de 2903, había llegado como un eco tardío, una onda de radio que arrastró consigo la noticia de la muerte de nuestro hogar. En Ares Prime, fuimos los primeros testigos presenciales de la catástrofe final de la Tierra, recibiendo la señal directa, no un mero eco. La profunda angustia que nos invadió era incomprensible, una desesperación que se grabó a fuego en nuestras almas colectivas. Nos abrazamos al silencio, a la supervivencia. Pero el silencio era una mentira.
No fue un virus. No fue radiación. Fue un zumbido. Un murmullo que comenzó en los confines de la mente, en los sueños más profundos, y que se filtró a la vigilia. Los primeros casos fueron desestimados: "estrés postraumático", "melancolía espacial". Pero la fiebre se extendió por Ares Prime.
Juan, el técnico de comunicaciones, juraba que sus consolas captaban voces. No voces de los vivos. Voces superpuestas, fragmentadas. "¡Detonen!"... "Aetherion..."... "Éter Lumina...". Palabras sin sentido, mezcladas con risas infantiles y el hedor a ozono quemado. Lo encontraron balbuceando frente a una pantalla de estática, con los ojos inyectados en sangre, intentando "sintonizar el lamento". Lo sedaron.
Luego vino la anciana Elara, ingeniera agrónoma. Se pasaba las noches en el invernadero, susurrando a las plantas. Decía que sentía el sol. No el de esta estrella rojiza. El sol de la Tierra. Y el olor a lluvia. Y el miedo. Decía que las plantas le contaban historias de un jardín que ardía. La encontraron abrazada a un arbusto de bayas sintéticas, llorando por un roble que nunca había existido.
Los niños eran los más vulnerables. Despertaban gritando, no por pesadillas, sino por visiones de ciudades que se desmoronaban en luz, de cielos que se volvían blancos. Hablaban de un "hombre atrapado" y de una "fecha de fuego". Sus dibujos se llenaron de figuras iridiscentes y números repetidos: "09052903". Sus padres, aterrados, los encerraban, los medicaban.
La Fiebre del Vacío. Así la llamaron. Una plaga de locura que no afectaba al cuerpo, sino al alma. Una conexión no deseada con un horror que ya había pasado, pero que en el universo bloque de tiempo, seguía existiendo. Los médicos no entendían. Los psicólogos no podían curar. La gente se aislaba en Ares Prime, temiendo que el "contagio" fuera real, que el susurro del pasado (o del futuro) pudiera arrastrarlos a la misma desesperación. La falta de recursos avanzados y la ausencia de Onironautas en aquellos primeros días de colonización hicieron que la lucha fuera aún más desoladora.
Solo el miedo. Solo la confusión. Y el eco. Un eco que no era un recuerdo, sino una herida abierta en la realidad, que sangraba a través de las mentes más sensibles, recordándonos que, aunque la Tierra había muerto, su agonía era eterna.
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